
La revisora abrió la puerta y entró en el pequeño compartimiento.
– Buona sera, signore. Suo biglietto, per favore.
Después, al hablar de ello, a Cristina le parecía recordar el olor que había notado al abrir la puerta del super-caldeado compartimiento. La revisora dio dos pasos hacia el durmiente y repitió, en voz más alta:
– Suo biglietto, per favore.
¿Tan profundamente dormía que no la oía? Imposible, debía de viajar sin billete y trataba de salvarse de la inevitable multa. Al cabo de sus años de servicio en los trenes, Cristina Merli casi había llegado a gozar de este momento: pedir la identificación, extender el billete y cobrar la multa. También le divertía la retahíla de las consabidas excusas, que hubiera podido recitar hasta en sueños: se me habrá caído; el tren iba a salir y no quería perderlo; lo tiene mi esposa, que está en otro compartimiento.
La revisora, consciente de todo ello y del tiempo que este incidente la haría perder al final del largo viaje desde Turín, no pudo reprimir un gesto de impaciencia, casi de irritación.
– Por favor, signore, despierte y déme su billete -dijo inclinándose y sacudiéndolo por el hombro. Bajo la presión de su mano, el hombre, lentamente, se apartó de la ventana, cayó de lado sobre el asiento y se deslizó al suelo. Al caer, se le abrió la americana, dejando al descubierto la camisa manchada de rojo. Del cuerpo emanaba el olor inconfundible a orina y excrementos.
