– Maria Vergine -jadeó la mujer que, andando hacia atrás muy despacio, salió del compartimiento. Por la izquierda se acercaban dos pasajeros que se dirigían hacia la puerta anterior-. Lo siento, señores, pero esta puerta está bloqueada; tendrán que apearse por detrás.

Acostumbrados a las anomalías, los hombres dieron media vuelta y se alejaron hacia la parte posterior del coche. Ella miró por la ventana y vio que el tren estaba llegando al final del puente. Dentro de tres o cuatro minutos entraría en la estación. Entonces se abrirían las puertas y los pasajeros se apearían y dispersarían, llevando consigo los recuerdos del viaje y de las personas a las que hubieran visto en los pasillos del largo tren. Sacudidas y chirridos indicaban que estaban entrando en agujas. La cabeza del tren ya estaba bajo la cubierta de la estación.

Hacía quince años que Cristina Merli trabajaba en el ferrocarril y nunca había visto utilizar este recurso, pero entonces hizo lo único que se le ocurrió: entrar en el compartimiento de al lado y tirar con fuerza del freno de alarma. El gastado cordón se rompió con un pequeño chasquido y ella se quedó esperando, no sin una curiosidad distante, casi académica, lo que fuera a ocurrir ahora.

4

Las ruedas se bloquearon y patinaron y el tren se detuvo bruscamente; los pasajeros cayeron al suelo de los pasillos o fueron proyectados al regazo de los desconocidos sentados enfrente. A los pocos segundos se bajaban ventanillas y aparecían cabezas que indagaban la causa de aquella insólita parada. Cristina Merli abrió una ventanilla del pasillo, aspiró agradecida el aire frío y se asomó para requerir ayuda del exterior. Por el andén venían corriendo una pareja de la polizia ferrovia.



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