Después de la reunión, concertada para que enlazara con su cita siguiente, Trevisan acudió a su cena semanal con un asociado. La semana anterior se habían encontrado en Venecia, por lo que hoy tocaba cenar en Padua. Esta reunión, como todas las demás, tuvo la cordialidad que propician el éxito y la prosperidad. Buena cocina, buen vino y buenas noticias.

El socio llevó a Trevisan a la estación, donde el avvocato solía tomar el Intercity con destino a Trieste que lo dejaba en Venecia a las diez y cuarto. A pesar de tener billete de primera clase, que estaba en la cola del tren, Trevisan atravesó los semivacíos coches y se sentó en un compartimiento de segunda; al igual que todos los venecianos, prefería viajar en el primer coche, para no tener que recorrer a la llegada el largo andén de la estación de Santa Lucia.

Trevisan dejó su cartera de piel de becerro en el asiento de delante, la abrió y sacó un folleto que había recibido del Banco Nacional de Luxemburgo, en el que se ofrecían intereses de hasta un 18 por ciento, aunque no a las cuentas en liras. Sacó una pequeña calculadora de un bolsillo de la tapa de la cartera y empezó a hacer anotaciones en un papel con su Mont Blanc.

La puerta del compartimiento se abrió, y Trevisan se volvió de espaldas, para sacar el billete del bolsillo del abrigo y darlo al revisor. Pero lo que la persona que estaba en la puerta venía a pedir al avvocato Carlo Trevisan no era el billete.

El cadáver fue descubierto por Cristina Merli, la revisora, cuando el tren cruzaba la laguna que separa Venecia de Mestre.



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