Nada más revelarían los restos del camión que, con grandes dificultades y enormes trastornos circulatorios, fue izado hasta el arcén con ayuda de cabrestantes enganchados a tres camiones-grúa. Allí fue cargado en una plataforma-remolque y devuelto a su dueño de Rumania. La madera fue entregada al aserradero de Sacile, que se negó a pagar los gastos extra.

La extraña muerte de las mujeres fue recogida por la prensa de Austria y de Italia, en artículos titulados, respectivamente, «Der Todeslaster» y «Il Camión della Morte». Los austriacos habían conseguido tres fotos de los cadáveres esparcidos en la nieve y las publicaron con la noticia. Se hicieron conjeturas: ¿refugiadas?, ¿trabajadoras ilegales? La caída del comunismo eliminaba la que sin duda hubiera sido inevitable conclusión: espías. El misterio no se aclaró, y la investigación languideció ante la incapacidad de las autoridades rumanas de contestar preguntas y devolver papeles y la falta de interés de las italianas. Los cadáveres de las mujeres y del conductor fueron enviados a Bucarest en avión, donde fueron sepultados bajo su tierra natal y todo el peso de la burocracia.

La noticia pronto fue desplazada de los periódicos por la profanación de un cementerio judío de Milán y el asesinato de otro juez más. Pero no desapareció sin que la leyera la professoressa Paola Falier, ayudante de Literatura Inglesa de la Universidad de Cà Pesaro, de Venecia y -lo que importa para este relato- esposa de Guido Brunetti, comisario de policía de la ciudad.



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