Nada más podía hacerse hasta el día siguiente, pero los carabinieri apostaron a dos agentes en el lugar del accidente. Sabían la fascinación que el escenario de la muerte tiene para muchas personas, y temían que, si el vehículo siniestrado quedaba sin vigilancia durante la noche, alguien pudiera robar o destruir indicios.

Como suele ocurrir en esta época del año, el día siguiente amaneció sereno y diáfano y a las diez, la nieve no era más que un recuerdo. Pero el camión destrozado seguía allí, lo mismo que las profundas heridas que había abierto en la tierra. Durante el día, la carga fue retirada y estibada a bastante distancia del vehículo por los carabinieri, que refunfuñaban por el peso, las astillas y el barro que chasqueaba bajo sus botas, mientras un equipo forense examinaba minuciosamente la cabina, espolvoreando las superficies y guardando papeles y objetos en bolsitas de plástico debidamente etiquetadas y numeradas. El asiento del conductor había sido arrancado del bastidor por el impacto final; los dos hombres que trabajaban en la cabina acabaron de desmontarlo y luego desprendieron la funda de plástico y la tela del tapizado, buscando algo que no encontraron. Como tampoco encontraron sustancias sospechosas debajo de los paneles de plástico de la cabina.

Pero fue en la caja del camión donde se encontró algo extraño: ocho bolsas de plástico de las que suelen dar en los supermercados, cada una de las cuales contenía una muda de ropa interior femenina y, una de ellas, además, un libro de oraciones impreso en una lengua que uno de los técnicos identificó como rumano. Todas las etiquetas habían sido eliminadas de las prendas que contenían las bolsas, lo mismo que, según se comprobaría después, de toda la ropa que llevaban las mujeres muertas en el accidente.

Los papeles que se encontraron en el camión eran estrictamente los que debía haber: el pasaporte y el permiso del conductor, los formularios del seguro, documentos de aduanas, albaranes y una factura a nombre del almacén de madera al que había que entregar la mercancía. Los papeles del conductor eran rumanos, la documentación de aduanas estaba en regla y el envío iba destinado a un aserradero de Sacile, una pequeña ciudad situada a unos cien kilómetros hacia el sur.



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