
– Acerca de cualquier asunto en el que Trevisan pudiera estar implicado -respondió Brunetti llanamente. Hablaba en serio. No por ser alcalde tenía uno que ignorar los chanchullos de los amigos, sino todo lo contrario, probablemente.
– No me ha parecido oportuno preguntárselo -respondió Patta.
– Pues quizá se lo pregunte yo -dijo Brunetti con naturalidad.
– Brunetti, no busque problemas.
– Me parece que los problemas ya los tenemos -dijo Brunetti, guardando las fotos en la carpeta-. ¿Desea usted algo más?
Patta tardó un momento en contestar.
– Nada más por el momento. -Alargó la carpeta a Brunetti-. Puede llevársela. Y no olvide que quiero un informe diario. -En vista de que Brunetti no se daba por enterado, Patta agregó-: O, si no, déselo al teniente Scarpa -mirando fijamente a Brunetti, para ver el efecto que causaba el nombre del aborrecido asistente de Patta.
– Sí, señor -dijo Brunetti con voz neutra, poniéndose de pie, con la carpeta en la mano-. ¿Adonde han llevado a Trevisan?
– Al Ospedale Civile. Supongo que esta mañana le harán la autopsia. Y no olvide que era amigo del alcalde.
– Descuide usted, señor -dijo Brunetti y salió del despacho.
6
La signorina Elettra levantó la mirada de la revista cuando Brunetti salía del despacho de Patta y le preguntó:
– Allora?
– Trevisan. Y tengo que andar listo, porque era amigo del alcalde.
– La mujer es una fiera -dijo la signorina Elettra, y añadió, como para darle ánimo-: No le arriendo la ganancia.
– ¿Hay en esta ciudad alguien a quien usted no conozca? -preguntó Brunetti.
– A ella no la conozco personalmente. Era paciente de mi hermana.
– Barbara -dijo Brunetti involuntariamente, recordando dónde había conocido a la hermana-, la doctora.
– La misma, comisario -dijo ella con una sonrisa de satisfacción-. No le ha costado mucho recordarla.
