
Cuando la signorina Elettra Zorzi llegó al departamento, su apellido pese a no ser corriente, resultó familiar al comisario. Pero él nunca hubiera relacionado a la vivaz y radiante -todos los adjetivos que se le ocurrían estaban asociados a la luz y la vistosidad- Elettra con la formal y discreta doctora que contaba entre sus pacientes al suegro del comisario y ahora, al parecer, a la signora Trevisan.
– ¿Ha dicho usted que era paciente de su hermana? ¿Ya no lo es? -preguntó Brunetti, dejando para otra ocasión las reflexiones acerca de la familia de Elettra.
– Sí, hasta hace cosa de un año. Las visitaba a ella y a su hija. Pero un día la madre se presentó en el consultorio y montó un escándalo, exigiendo a mi hermana que le dijera de qué estaba tratando a su hija.
Brunetti escuchaba atentamente, pero no preguntó.
– La hija tenía sólo catorce años, y cuando Barbara se negó a decir a la signora Trevisan lo que quería saber, ella la acusó de haberle practicado un aborto a la niña o de haberla enviado al hospital para que abortara allí. Le estuvo gritando y al fin le tiró una revista a la cara.
– ¿A su hermana?
– Sí.
– ¿Y qué hizo entonces?
– ¿Quién?
– Su hermana.
– Le dijo que se marchara de su despacho. Ella gritó un poco más y luego se fue.
– ¿Y qué pasó después?
– Al día siguiente, Barbara le envió por correo certificado su historial y le dijo que se buscara otro médico.
– ¿Y la hija?
– Tampoco ha vuelto. Barbara la encontró un día en la calle y la chica le dijo que su madre le había prohibido que volviera. La madre la llevó a una clínica particular.
– ¿Qué tenía la hija? -preguntó Brunetti.
Observó cómo la signorina Elettra sopesaba la pregunta. Rápidamente, sacó la conclusión de que Brunetti lo averiguaría de todos modos y dijo:
