– ¿Qué hay de los pasajeros?

Después de su conversación con el alcalde, Patta consideró preferible no perder tiempo en adoctrinar a Brunetti, y respondió escuetamente:

– La policía de ferrocarriles anotó los nombres y direcciones de todas las personas que iban en el tren cuando entró en la estación. -Brunetti levantó el mentón con gesto inquisitivo, y Patta prosiguió-: Un par de ellos dijeron haber visto a personas sospechosas. Está en el informe -dijo golpeando con las yemas de los dedos la carpeta marrón que tenía delante.

– ¿Qué juez instruye el caso? -preguntó Brunetti. Cuando conociera este dato, sabría cuánta consideración debería guardar al Lions Club.

– Vantuno -dijo Patta.

Era una mujer de la edad de Brunetti con la que él había trabajado satisfactoriamente. La juez Vantuno, siciliana lo mismo que Patta, sabía que la sociedad veneciana poseía matices y peculiaridades que ella nunca podría comprender, pero tenía en los comisarios locales confianza suficiente como para permitirles llevar las investigaciones como estimaran más conveniente.

Brunetti se limitó a mover la cabeza de arriba abajo. No quería que Patta supiera que esto le complacía.

– Quiero un informe diario -prosiguió Patta-. Trevisan era un hombre importante. Ya he recibido una llamada de la oficina del alcalde, y no le ocultaré que me ha dicho que desea que el caso se resuelva lo antes posible.

– ¿Tenía el alcalde alguna sugerencia? -preguntó Brunetti.

Acostumbrado como estaba a las impertinencias de su subalterno, Patta se arrellanó en su sillón y miró fijamente a Brunetti antes de preguntar:

– ¿Acerca de qué? -acentuando ásperamente la última palabra, para manifestar su desagrado.



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