
– ¿Por qué?
– Si hubiera llamado él, sería señal de que podía asegurarle que teníamos a un sospechoso o que pronto conseguiríamos una confesión. El que haya llamado el alcalde indica que Trevisan era importante y que quieren que el caso se resuelva pronto.
La signorina Elettra cerró la revista y la apartó hacia un lado de la mesa. Brunetti recordó que, al principio de trabajar para Patta, la joven solía guardar las revistas en el cajón; ahora ya ni se molestaba en ponerlas boca abajo.
– ¿A qué hora ha llegado? -preguntó Brunetti.
– A las ocho y media -y, sin darle tiempo de preguntar, ella añadió-: Yo ya estaba aquí y le he dicho que usted había salido a interrogar a la criada de los Leonardi.
Brunetti había hablado con la mujer la tarde anterior, en el curso de su investigación del contratista, pero no había averiguado nada.
– Grazie -dijo Brunetti, que más de una vez se había preguntado por qué una persona con una inclinación natural por la duplicidad como la que poseía la signorina Elettra había decidido trabajar para la policía.
Ella bajó la mirada a la mesa, y vio que en su teléfono había dejado de parpadear una luz roja.
– Ya ha terminado -dijo.
Brunetti movió la cabeza de arriba abajo y fue hacia la puerta del despacho de Patta. Llamó con los nudillos y cuando oyó gritar «Avanti» entró.
A pesar de que el vicequestore había llegado temprano, era evidente que no había economizado el tiempo en su aseo personal, ya que en el aire flotaba el ácido aroma del aftershave, y el bello rostro de Patta relucía. La corbata era de lana y el traje de seda: el vicequestore no era esclavo de la tradición.
– ¿Dónde estaba usted? -fue el saludo de Patta.
– En casa de Leonardi. Hablando con la criada.
– ¿Ha averiguado algo?
– No sabe nada.
– Eso no importa ahora -dijo Patta, señalando la silla del otro lado de la mesa-. Siéntese, Brunetti. -Cuando el comisario estuvo sentado, Patta preguntó-: ¿Se ha enterado de esto?
