
Otro comisario trabajaba en un asunto del Casino, donde una vez más los crupiers habían hallado la forma de burlar las normas para embolsarse un porcentaje de las apuestas. El tercero estaba investigando a una serie de empresas de Mestre controladas por la Mafia, una investigación que no parecía tener ni límites ni, desgraciadamente, final.
Por consiguiente, no fue una sorpresa para Brunetti que, a su llegada a la questura, los guardias de la puerta lo saludaran con la noticia:
– Él quiere verlo.
Si el vicequestore Patta quería verlo tan temprano, era señal de que la víspera habían avisado a Patta y no a alguno de los comisarios. Y si Patta estaba tan interesado en el crimen como para hallarse aquí a primera hora de la mañana, era señal de que Trevisan era más importante o tenía amistades más poderosas de lo que Brunetti imaginaba.
El comisario subió a su despacho, colgó la gabardina y revisó la mesa. No había en ella nada que no estuviera ya la noche antes, cuando él se fue, de manera que los papeles que hubiera podido generar el caso estaban abajo, en el despacho de Patta. Bajó por la escalera posterior al antedespacho del vicequestore. La signorina Elettra Zorzi se hallaba sentada a su mesa luciendo un vestido de crespón blanco azucena, con un sugestivo drapeado en diagonal en el pecho, como si estuviese allí con el único objeto de recibir a los fotógrafos de la revista Vogue.
– Buon giorno, commissario -sonrió levantando la mirada de la revista que tenía encima de la mesa.
– ¿Trevisan? -preguntó Brunetti.
Ella asintió.
– Hace diez minutos que está hablando por teléfono. El alcalde.
– ¿Quién ha llamado a quién?
– El alcalde a él -respondió la signorina Elettra-. ¿Por qué? ¿Importa eso?
– Sí; probablemente significa que no hay pistas.
