No hacía falta preguntar qué era «esto».

– Sí, señor -respondió Brunetti-. ¿Cómo ocurrió?

– Lo mataron anoche, en el tren de Turín. Dos disparos, desde muy cerca. Al pecho. Uno debió de seccionar una arteria, porque había mucha sangre. -El «debió de» era señal de que aún no se había practicado la autopsia-. ¿Dónde estaba usted anoche? -preguntó entonces Patta, casi como si, antes de seguir adelante, quisiera eliminar a Brunetti de la lista de sospechosos.

– Fuimos a cenar a casa de un amigo.

– Me dijeron que habían llamado a su casa.

– Estaba en casa de un amigo -repitió Brunetti.

– ¿Por qué no tiene contestador?

– Porque tengo dos hijos.

– ¿Qué tiene que ver?

– Que, si tuviera contestador, me pasaría la vida escuchando los mensajes de sus amigos.

O escuchando las excusas de sus hijos por sus retrasos. También significaba que Brunetti consideraba que era responsabilidad de sus hijos tomar los recados para sus padres, pero no tenía intención de dar explicaciones a Patta.

– Tuvieron que avisarme a mí -dijo Patta sin disimular su indignación.

Brunetti supuso que ahora su superior esperaba una disculpa. Pero no se la dio.

– Fui a la estación. La policía de ferrocarriles hizo una chapuza, desde luego.

Patta miró a la mesa y acercó varias fotos a Brunetti.

El comisario se inclinó hacia adelante, tomó las fotos y las miró mientras Patta seguía enumerando las pruebas de la incompetencia de la policía de ferrocarriles. La primera foto había sido tomada desde la puerta del compartimiento y mostraba el cuerpo de un hombre tendido boca arriba entre los asientos. El ángulo impedía ver más que la parte posterior de la cabeza, pero las manchas rojo oscuro del abultado abdomen eran inconfundibles. La foto siguiente mostraba el cuerpo desde el otro lado del compartimiento y debía de haber sido tomada a través de la ventanilla. En ésta Brunetti vio que el hombre tenía los ojos cerrados y una estilográfica en la mano. Las otras fotos mostraban poco más, a pesar de estar hechas desde dentro del coche. El hombre parecía dormir, la muerte había borrado de su cara toda expresión, dejando sólo la beatitud del sueño de los justos.



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