
Brunetti levantó la cabeza y paseó una mirada ausente por los puestos de frutas y verduras. ¿«Las investigaciones pertinentes»? ¿Quién estaba de guardia ayer por la noche? ¿Por qué no le habían avisado? ¿A cuál de sus compañeros habían llamado?
Brunetti dio la espalda al quiosco y siguió andando hacia la questura, mientras repasaba mentalmente los varios casos pendientes y trataba de deducir a quién encomendarían éste. Brunetti estaba terminando la investigación de una ramificación menor, a escala veneciana, de la vasta red de cohecho y corrupción que había operado desde Milán durante años. Se habían construido en el continente, con un desembolso de miles de millones de liras, varias superautopistas, una de las cuales unía la ciudad con el aeropuerto. Hasta que estuvo terminada, a nadie se le ocurrió considerar que la comunicación con el aeropuerto, que no registraba más de cien vuelos diarios, estaba ya perfectamente servida por las carreteras, autobuses, taxis y vapores existentes. Hasta entonces no se cuestionó el enorme dispendio de fondos públicos en la construcción de una autopista que ni con el mayor alarde de imaginación podía considerarse necesaria. De ahí la intervención de Brunetti, y de ahí las órdenes de arresto y bloqueo de las cuentas del dueño de la constructora a la que se habían encargado la mayor parte de las obras y de los tres miembros del consejo de la ciudad que más habían batallado para que se le otorgara el contrato.
