Al fin, descontando a los que habían subido detrás de los policías, resultó que en el tren viajaban sólo treinta y cuatro personas. Al cabo de media hora, la policía tomó nota de sus nombres y direcciones y les preguntó si algo les había llamado la atención durante el viaje. Dos recordaban a un mendigo negro que se había apeado en Vicenza, otro dijo que cuando llegaban a Verona había salido del aseo un hombre con el pelo largo y barba y alguien había visto apearse en Mestre a una mujer con gorro de piel. Por lo demás, nada de particular.

Cuando ya parecía que el tren iba a estar allí toda la noche y los pasajeros empezaban a llamar a Trieste para avisar a la familia de que no los esperasen, una locomotora se acercó a la cola del tren haciendo marcha atrás y se enganchó a ella convirtiéndola en la cabeza. Unos mecánicos de uniforme azul desengancharon el que ahora era el último vagón, donde estaba el cadáver. Un revisor recorría el andén gritando: «In partenza, in partenza, siamo in partenza» y los pasajeros se apresuraban a volver al tren. El revisor cerró una puerta, luego otra, y subió al tren en el momento en que éste arrancaba. Mientras tanto, Cristina Merli estaba en el despacho del jefe de estación, tratando de demostrar por qué no debían imponerle una multa de un millón de liras por haber tirado del timbre de alarma.

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Guido Brunetti no se enteró del asesinato del avvocato Carlo Trevisan hasta la mañana siguiente, y de un modo muy poco profesional: al leer el titular de Il Gazzettino, el mismo diario que en dos ocasiones había aplaudido la gestión del avvocato Trevisan en el consejo municipal.



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