Después, el primer conductor que miró detrás del camión dijo que al ver aquello pensó que la carga debía de ser de maniquíes, sí, esas muñecas de plástico que ponen en los escaparates. Había por lo menos media docena esparcidas sobre la nieve, detrás de las destrozadas puertas traseras. Una estaba suspendida de la plataforma con las piernas aprisionadas por las tablas, qué durante la caída se habían desplazado, pero estaban bien embaladas y ni el impacto del camión contra la roca había hecho que se soltaran. Pero después el hombre recordaba que le había llamado la atención que unos maniquíes llevaran abrigo. ¿Y por qué había manchas rojas en la nieve alrededor de ellos?

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La polizia stradale tardó más de media hora en acudir. Cuando los agentes llegaron por fin al lugar del accidente, instalaron señales luminosas y trataron de despejar las retenciones de varios kilómetros que se formaban en uno y otro sentido, porque los conductores, que ya circulaban con precaución a causa del mal estado de la carretera, aminoraban la marcha para mirar por la brecha de la barandilla metálica hacia los restos del camión. Y los otros restos. El primer agente que bajó no oía lo que le gritaban los camioneros, pero cuando vio las figuras que yacían en torno al destrozado camión trepó a la carretera volviendo sobre sus pasos y llamó por radio al cuartel de carabinieri de Tarvisio. Su llamada fue contestada con prontitud, y al poco rato, la llegada de dos coches que traían a seis carabinieri de negro uniforme venía a entorpecer todavía más la circulación. Los recién llegados dejaron los coches en el arcén y descendieron hasta el camión siniestrado. Cuando advirtieron que la mujer que tenía las piernas aprisionadas por las tablas aún vivía, todos se desentendieron por completo del tráfico.

En circunstancias menos trágicas, la escena que siguió hubiera podido ser grotesca y hasta cómica. Los montones de tablas que comprimían las piernas de la mujer contra el suelo del camión tenían por lo menos dos metros de alto; para levantarlas se necesitaba una grúa, pero era imposible bajar una grúa hasta allí. También podían retirarse a mano, pero para ello los hombres tendrían que situarse encima, acrecentando el peso.



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