
– No directamente. Sólo lo que he leído en la prensa. Siempre anda metida en Causas Nobles -dijo haciendo audibles las mayúsculas-. Por ejemplo, recogiendo alimentos para Somalia, que luego son robados, enviados a Albania y vendidos. O bien organizando conciertos de gala con los que a duras penas se cubren gastos, pero dan a las organizadoras la ocasión de ponerse de tiros largos y presumir ante las amistades. Me sorprende que no sepa usted quién es.
– Tengo una vaga idea de haber leído el nombre, pero nada más. ¿Y el marido?
– Era especialista en derecho internacional, y muy bueno, según creo. Si mal no recuerdo, intervino en un convenio con Polonia, o Chequia, o uno de esos países en los que la gente come muchas patatas y viste mal… pero no recuerdo cuál de ellos.
– ¿Qué clase de convenio?
Ella movió negativamente la cabeza, sin poder recordar.
– ¿Podría averiguarlo?
– Quizá si me acercara a las oficinas del Gazzettino podría encontrar algo.
– ¿Tiene algo que hacer para el vicequestore?
– Le haré la reserva para el almuerzo y bajaré al Gazzettino. ¿Desea que busque algo más?
– Sí, vea si hay algo acerca de la esposa. ¿Quién escribe ahora las crónicas de sociedad?
– Pitteri, me parece.
– Pues hable con él, a ver qué puede decirle de ellos dos; especialmente, cosas que no haya podido publicar.
– Que son las cosas que la gente prefiere leer.
– Eso parece -dijo Brunetti.
– ¿Algo más?
– No, signorina, muchas gracias. ¿Ha llegado Vianello?
– No lo he visto.
– Cuando llegue, ¿hará el favor de decirle que suba a mi despacho?
– Desde luego -dijo ella, y volvió a la revista. Brunetti echó una ojeada al artículo que ella estaba leyendo, que trataba de hombreras, y se fue a su despacho.
La carpeta, como suele ocurrir al principio de una investigación, contenía poco más que nombres y fechas. Carlo Trevisan había nacido en Trento hacía cincuenta años, se había licenciado en derecho por la Universidad de Padua y había ejercido de abogado en Venecia. Hacía diecinueve años, había contraído matrimonio con Franca Lotto, con la que había tenido dos hijos, Francesca, que ahora contaba quince años, y Claudio, de diecisiete.
